ANABEL HERNÁNDEZ DESVELA LA TRAICIÓN MORTAL DE GABRIELA GÓMEZ Y EL ERROR QUE LA CONDENÓ ANTE MÉXICO

Solo 30 segundos de imágenes borrosas, grabadas con un teléfono móvil, lograron sacudir una historia que parecía destinada al olvido.

Sin embargo, lo que estremeció a México no fue únicamente el momento en que Gabriela Gómez fue identificada, sino una pregunta más profunda y perturbadora: si no hubiera existido ese video, ¿habría llegado la justicia hasta ella?

La periodista de investigación Anabel Hernández define este caso como “una traición de carácter sistémico”. Traición a la víctima, Roberto Hernández. Traición a su familia.

Y traición a la frágil confianza social en el sistema legal. Para Hernández, el verdadero error de Gabriela no fue solo causar una muerte, sino creer que podía escapar de sus consecuencias.

Durante ocho días, Gabriela logró evadir a las autoridades. Finalmente apareció en una calle de Ciudad de México, con una gorra que intentaba ocultar su rostro.

Confiaba en que la multitud la protegería, en que la inmensidad de la ciudad borraría su rastro. Aquella ilusión duró apenas unos segundos.

Un ciudadano levantó su teléfono y grabó. No hubo intención periodística ni espíritu investigador. Solo un gesto espontáneo propio de la era digital. Ese video de menos de 30 segundos se convirtió en una prueba más poderosa que cualquier informe policial.

Las redes sociales hicieron lo que la investigación formal no había logrado a tiempo. Usuarios ampliaron imágenes, compararon letreros comerciales, identificaron colores de fachadas, analizaron esquinas y sombras.

Cada detalle fue una pieza de un rompecabezas colectivo. La ubicación fue determinada en la colonia Escuadrón 2011, en Iztapalapa, a pocos kilómetros del lugar del crimen.

La presión pública creció de forma imparable. Las preguntas sobre la eficacia de la policía y la lentitud del sistema judicial comenzaron a dominar el debate mediático. Finalmente, las autoridades actuaron. Gabriela fue detenida en una vivienda que ella consideraba segura.

Pero para Anabel Hernández, la detención es solo la superficie del problema. Lo verdaderamente inquietante se encuentra en la forma en que Gabriela había preparado su huida.

En el lugar donde se ocultaba, la policía encontró ropa cuidadosamente empacada, dinero en efectivo distribuido en sobres y documentos personales ordenados. No había señales de pánico ni de improvisación. Todo indicaba planificación.

Hernández sostiene que Gabriela no pudo mantenerse prófuga durante ocho días sin ayuda. La pregunta central ya no es dónde se escondió, sino quién la ayudó.

Quién le dio refugio. Quién le proporcionó alimentos. Quién la apoyó económicamente. Y quién decidió guardar silencio.

Las autoridades revisan ahora su teléfono, sus cuentas bancarias y sus relaciones personales. Cada llamada y cada transferencia pueden revelar un nuevo vínculo en una posible red de complicidad. Porque en una sociedad que se dice justa, el silencio también es una forma de participación.

El momento en que Gabriela fue presentada ante la prensa provocó una nueva ola de indignación. No lloró. No se mostró abatida.

No expresó arrepentimiento. Su mirada transmitía molestia, como si la detención fuera solo un contratiempo en un plan que consideraba bien diseñado.

Esa actitud contrastó de manera brutal con la historia de Roberto Hernández, quien fue arrastrado más de dos kilómetros sobre el asfalto. Una distancia suficiente para que cualquier conductor comprendiera que algo terrible estaba ocurriendo.

Actualmente, Gabriela enfrenta el cargo de homicidio culposo, con una pena estimada de tres a cinco años de prisión. Sin embargo, Anabel Hernández considera que esta tipificación es una distorsión de la realidad.

Según su análisis, no puede hablarse de un acto involuntario cuando el conductor escucha gritos, percibe un peso anormal y observa reacciones de terceros, pero aun así continúa avanzando.

La intención inicial puede no haber sido matar, pero la persistencia consciente transforma el acto en una conducta con dolo.

En el ámbito jurídico, la frontera entre culpa y dolo no se limita al primer segundo del hecho, sino que se extiende a toda la secuencia de acciones y al grado de conciencia del responsable.

Por ello, el caso de Gabriela Gómez se ha convertido en un foco de debate entre juristas y académicos en México.

Sin embargo, este caso trasciende a una sola persona. Refleja una realidad alarmante. Cada año, Ciudad de México registra más de 3.000 casos de atropello con fuga.

Menos del 30 por ciento llega a resolverse. La mayoría de las víctimas desaparece en expedientes cerrados, sin respuestas ni justicia.

El caso de Roberto Hernández avanzó solo porque se volvió viral. La justicia, en esta ocasión, no nació del sistema, sino de la indignación colectiva.

Anabel Hernández considera que ahí radica la tragedia mayor. Un sistema judicial no debería depender de la viralidad para cumplir su función.

Sin embargo, en México, muchos procesos solo se reactivan cuando la presión social alcanza niveles imposibles de ignorar.

Esto conduce a una pregunta dolorosa: si Roberto Hernández no hubiera sido grabado, ¿seguiría hoy existiendo su nombre en la memoria pública?

El caso de Gabriela Gómez ya no es solo un accidente vial con resultado mortal. Es una prueba de conciencia para toda la sociedad. Obliga a mirar de frente la fragilidad de la justicia cuando se enfrenta al dinero, al poder y a la indiferencia.

En su reflexión final, Anabel Hernández subraya que la detención de Gabriela no puede interpretarse como el cierre del caso. La justicia no está en las esposas.

La justicia está en una sentencia que refleje la verdadera dimensión del daño causado. Y la justicia solo existe cuando el sistema legal es lo suficientemente sólido para no depender de la casualidad de un video.

El error de 30 segundos de Gabriela Gómez la hizo caer ante México. Pero la lección más profunda es colectiva.

Cuando la justicia depende de las redes sociales, cualquiera puede convertirse en la próxima víctima, si no tiene la suerte de que alguien grabe su momento más trágico.